El año 2020 terminó. Fue un año complicado en muchos sentidos. Una pandemia cambió  nuestra manera de vivir, trabajar, y relacionarnos con los demás. Millones de personas han perdido sus trabajos, se han contagiado de COVID-19, o fallecido debido a este virus. Las escuelas han enviado a millones de niños y jóvenes a sus hogares, y el trabajo/escuela remota es la norma en muchos países. Cuarentenas, restricciones de tránsito, uso obligatorio de máscaras definieron nuestro día a día. Teorías conspirativas, negacionismo, hasta bloqueo de recursos y esfuerzos para minimizar el impacto público de la pandemia, todos haciendo del 2020 un año más difícil de sobrellevar.

Generalmente, en Año Nuevo esperamos un borrón y cuenta nueva: que todo lo malo se quede en el año pasado. Es momento de resoluciones, reflexiones, retrospectivas y de pensar en lo que vendrá. En las nuevas oportunidades, en tener esperanza para que todo mejore. “Hola, Nuevo Año: ¡Sorpréndeme!”.

A 8 días del nuevo año, sucedió algo que nunca había presenciado. Vimos la nieve por primera vez en nuestras vidas.

 Viniendo de un país tropical, ver una nevada es algo que solo podemos presenciar desde la distancia. “Fulano fue al norte y vio la nieve caer, ve sus Instagram Stories”, o en series y/o películas. Un fenómeno tan normal en países del hemisferio norte, más arriba de los trópicos, es para nosotros una cosa inalcanzable, por mucho que el Venezolano se jacte de tener “todos los climas en su tierra”.

La primera impresión parte de lo más obvio: es frío. Y cuando la nieve se derrite, quedas empapado de agua muy fría, cosa que no es agradable si sales a la calle en pijamas y chanclas, tal como lo hice esta mañana. 

Fue bonito ver la nieve, junto a mi familia. Fue un momento único, entre tantas cosas que han sucedido en apenas 8 días de este año.

Ah, también hubo un intento de golpe de estado en EEUU. Pero qué bonita la nieve.

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